Arte y atesanía
Cualquier obra que crea el ser humano está impregnada de ideología, y como no podía ser de otra manera el arte también tiene una fuerte carga ideológica, ya que no deja de ser una plasmación plástica de una determinada concepción del mundo por parte del artista que crea, y esta visión del mundo está fuertemente influenciada por la sociedad que le rodea. Así en una sociedad capitalista y jerarquizada el arte tenderá al mercantilismo y al elitismo. En la actualidad el arte tiende al más absolutista de los individualismos, es decir el “artista” tiene una determinada idea en la cabeza y la plasma en un papel, en una partitura, en un lienzo, o en un bloque de granito sin importarle lo más mínimo que los demás lo entiendan; es su arte, y ante tal imperativa afirmación quien le puede discutir que su obra no tiene ningún valor artístico, si se lo discutes él te contestará desafiante que tú no lo entiendes, y así entraremos en un circulo vicioso que nada tiene de dialéctico y si mucho de retórico. Pero lo cierto, lo materialmente demostrable, es que tal desatino lo único que consigue es una mediocridad teatral, musical, escultórica, pintórica, arquitectónica o literaria difícilmente comparable en la Historia de la Humanidad, hemos llegado a un paradigma tal, que cualquier “chapuza” se compra y se vende a precios inmorales. Hemos dejado atrás el lenguaje común, aquel que nos hace posible el diálogo y el mutuo entendimiento, para adentrarnos en los oscuros laberintos del aberrante individualismo egoista. Hoy, por ejemplo, podemos encontrarnos con un edificio de cemento gris e inarmónico fabricado con materiales de baja calidad el cual está catalogado como una obra de arte, por el simple hecho de que sus planos han estado firmados por un arquitecto de prestigio. En definitiva podemos afirmar, que el arte que no está al servicio de las personas, que no encuentra un código para comunicarse con ellas es un arte elitista. Es sintomático de una sociedad arruinada ética y mentalmente, falta de imaginación, que las obras artísticas sean valoradas por el dinero que generan y no por la belleza que transmiten, es sintomático que la modernidad dicte -en su dictadura delirante- que lo moderno y “progre” son las plazas duras de cemento y no los jardines.
A continuación vamos a reproducir parte de la conferencia que realizó William Morris el 14 de noviembre de 1.883 en el University College de Oxford titulada “El arte bajo la plutocracia”. Morris fue un artista inglés conocido por sus tapices, fascinado por el mundo medieval con tintes románticos y por las sagas nórdicas, defensor del socialismo medio libertario y medio marxista, mantuvo hasta el final de sus días una estrecha amistad con Kropotkin con el cual compartia su pasión por el arte, la belleza, y la libertad.
Ahora bien, la principal acusación que he de presentar contra el estado actual de sociedad es que se basa en el trabajo sin valor artístico, infeliz de una gran parte de la humanidad; y toda esa degradación exterior de la faz del país, de la cual he hablado, me parece odiosa no solo porque es causa de desdicha para los pocos que todavía amamos el arte, sino también y sobre todo porque es indicio de la vida desdichada que el sistema de comercio competitivo impone a la gran masa de la población.
El placer que debiera ir asociado a la fabricación de todo objeto de artesanía tiene por fundamento el vivo interés que todo hombre saludable siente por una vida sana, y se compone principalmente, en mi opinión de tres elementos: variedad, esperanza de cración y la autoestima que se deriva del sentimiento de ser útil a los demás; y todo ello se ha de añador ese misterioso placer corporal que acompaña el ejercicio diestro de las facultades corporales. No creo que haga falta decir mucho para tratar de demostrar que estas cosas, si en realidad acompañan plenamente al trabajo, contribuirían en mucho a hacerlo grato. Respecto al placer de la variedad, cualquiera de ustedes que alguna vez haya fabricado algo, sea lo que fuera, recordará ese placer que acompaña a la producción del primer ejemplar. ¿ Qué hubiera pasado con ese placer si les hubieran obligado a continuar haciendo exactamente lo mismo siempre ? Respecto a la esperanza de creación, la esperanza de producir obras valiosas o incluso excelentes, que sin usted, el artesano, no hubieran nunca existido, obras que le necesitan y no pueden encontrar sustituto para su elaboración, ¿ alguno de nosotros será incapáz de entender el placer que implica? No es tampoco difícil de comprender que la autoestima que nace de la conciencia de nuestra utilidad debe dulcificar el trabajo en gran medida. El sentimiento de que tenemos que realizar algo, no para satisfacer el capricho de un necio o de un grupo de ellos, sino porque es realmente bueno en si mismo, es decir, útil, ciertamente nos ayudaría mucho a soportar nuestro esfuerzo de cada día. Respecto a placer irracional, sensible, del trabajo manual, creo de buena fe que tiene que mayor posibilidad de lograr que los hombres lleven a cabo trabajos duros y fuertes -incluso en la situación actual- de los que imagina la mayoría de gente. En cualquier caso, se encuentra en la base de producción de todo arte, el cual no puede existir sin él, aunque sea en su aspecto más débil y más rudo.
Ahora bien, este placer vario del trabajo manual lo reivindico como derecho inalienable de todos los trabajadores. Y digo, que si falta una parte de ese placer, estarán degradados en la misma medida, pero si les falta por completo, entonces, en cuanto a su trabajo se refiere, son, no diré esclavos, -la palabra no sería lo bastante fuerte- sino máquinas con mayor o menor conciencia de su propia desgracia.
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